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Conozco
desde hace años esta deliciosa comedia y siempre que
me reencuentro con ella, me quedo atrapado por su agilidad
mental, su comicidad inteligente y sutil. Estos dos personajes
tienen una relación peculiar que va del amor al odio,
como decimos coloquialmente. Una relación que evoluciona
inesperadamente durante la obra. Las sorpresas se suceden hasta
hacernos entrar en el código en el que está escrita.
Al principio uno puede pensar que esta obra no es lo que parece,
y es cierto. En esta obra nada es lo que parece: parece que
hablamos de religión, pero también hablamos de
lucha de clases, y también hablamos del drama humano
de dos seres que luchan por sobrevivir, en el caso de Samuel,
y además por ser respetado, en el caso de Abraham.
Durante el trabajo hemos ido recorriendo los complicados razonamientos
y las motivaciones de estos dos “filósofos” tan
contrapuestos. Son la cara y la cruz de una misma realidad,
dos puntos de vista opuestos y, en muchos casos, enfrentados.
No resulta fácil hablar de esta función sin desvelar
sus secretos, y sin eso, parece que esté hablando para
no decir nada. Sólo quisiera añadir que nos hemos
acercado a los temas que la obra plantea y a esta misma con
cariño y mucho respeto. El mérito del trabajo
de los actores resulta evidente. No necesita de mis elogios,
y el texto para mí es de las comedias más inteligentes,
profundas y divertidas que conozco.
Espero que la disfruten tanto como yo.
Vicente Genovés |
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