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Esta
obra nos presenta a dos personajes de diferentes clases sociales,
enfrentados por un hecho aparentemente muy sencillo: Samuel,
un humilde empleado que trabaja para Abraham, un poderoso banquero,
propietario y comerciante, está robando
vituallas en la bodega de Abraham cuando empieza la obra.
Aparece
Abraham, pero el público ve como una imponente
matrona, la Viuda, baja por las escaleras que dan a la bodega,
descubre a Samuel y finalmente, cuando se entera del motivo
de la presencia de este en su bodega, se encoleriza y quiere
matarlo.
El conflicto está servido, pero este planteamiento
tan simple empieza a complicarse cuando el astuto Samuel,
utilizando una retórica increíblemente enrevesada,
intenta evitar su ejecución.
Poco a poco podemos observar
como Samuel se impone con astucia a Abraham y cuando lo tiene
acorralado, este confiesa que no es una mujer. Pero aún hay algo más para
rizar el rizo: Abraham es judío, igual que Samuel. ¡Menudo
lío!
Ahora sí que nos encontramos ante el conflicto principal: ¿pueden
o no pueden unos hermanos de sangre matarse entre ellos?
No deberían hacerlo, pero la historia nos ha mostrado
y sigue mostrando que la tan cacareada fraternidad entre
los seres humanos, aunque pertenezcan incluso a una misma
raza, supuestamente unida por un credo religioso muy arraigado
en el fondo de sus almas, sean judíos, musulmanes
o cristianos, ¿qué más da?, siempre
es muy relativa.
¿Nos encontramos entonces ante una
lucha de clases?
Eso parece, pero la realidad es que el ser
humano puede llegar a aliarse incluso con el diablo para
conseguir lo que desea.
¡Sálvese quien
pueda!
Víctor Haïm nos ofrece una comedia deliciosa,
llena de malicia, sutil, violenta y apasionada.
El espectador
podrá disfrutar de un duelo dialéctico
y retórico inteligente, ácido y tragicómico. |
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