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Siempre
he contemplado el teatro con el mismo respeto reverencial con
el que he considerado a la literatura. Resulta pues paradójico
que la primera obra teatral en la que trabajo sea una obra
que habla, entre otras cosas, del amor, de la fascinación
que ejercen sobre nosotros los libros. Pero desde el momento
en que leí (en su formato original) la obra de Helene
Hanff, sentí (como han sentido miles de lectores en
todo el mundo) que el mundo del que habla “84 Charing
Cross Road” estaba asombrosa-mente cerca de mis obsesiones:
el paisaje de los sentimientos ocultos, del amor como proyección,
de las cosas que no se dicen porque no necesitan decirse, de
la soledad como vocación. Helene Hanff y Frank Doel
se escribieron cartas durante veinte años y nunca se
conocieron. El espectador de esta obra sólo dispone
de una hora y media para conocer a esta pareja insólita
y fascinante y para vivir con ellos las dos décadas
de un romance en el que nunca se pronunciaron las palabras “te
quiero”. Mi único deseo es, que a la salida de
la representación, el espectador, parafraseando a la
propia Helene Hanff, se diga: “Yo viví aquello.
Yo estuve allí. Yo me emocioné.”
Isabel Coixet |
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