Este texto lleno de autenticidad de Joël Pommerat,
nace como resultado de la invitación al dramaturgo
para asistir a unos talleres de terapia familiar en una
ciudad de provincias de Francia.
A partir de esta experiencia que le conmovió,
el autor decide escribir un texto, no como teatro-documento,
sino que utiliza este material tan vital y real para
hacer un texto teatral con entidad propia. Que transporta
lo concreto de nuestra vida al teatro.
Desde la contemporaneidad, nos presenta una serie de
escenas que componen un mosaico sobre las relaciones
familiares, fundamentalmente entre padres e hijos. Un
tema universal que nos atañe y nos emociona.
El titulo de la obra nos sugiere la evocación
deliciosa de un paraíso perdido, de un mundo ideal
en el que las relaciones entre padres e hijos no son
más que ternura, comprensión y serenidad.
Pero la realidad es más dura y se manifiesta con
todo su cortejo de sufrimiento, de soledad, frustración,
de no dichos, conflictos, incomprensión.
La obra nos muestra el alma humana y viene a recordarnos
que cada padre o madre es él o ella misma un niño
o una niña que cargan con su herida. Y es desde
este doble punto de vista que intentan construir la educación
de sus hijos.
Sin embargo el texto no busca el realismo social, ni
el teatro denuncia. Es un testimonio poético y
emotivo, a veces de gran contenido dramático,
de los anhelos humanos.
Los personajes duros y vulnerables al mismo tiempo,
a menudo egoístas, torpes, con sus no-dichos,
sus contradicciones, sus sueños de felicidad y
sus frustraciones son terriblemente humanos.
Afrontan como pueden los problemas de la educación.
Según la terapia familiar los problemas de los
padres se transmiten a los hijos.
Con que fuerzan resuenan estas palabras del evangelio
de Mateo, que pone en boca de Jesús y que tanto
fascinaba a Pasollini:
“Los enemigos del hombre serán sus familiares”
Quizás la solución nos la da Jung:
“Si los padres saben ocuparse de sí mismos,
también los hijos sabrán hacerlo” |